Sado y sumisión
15 de octubre de 2025
El gobierno de Milei lleva la alineación con Estados Unidos a un extremo inédito, como una sumisión total que permite la injerencia de Washington en decisiones económicas, políticas y electorales argentinas.
Las relaciones carnales con Estados Unidos del gobierno de Carlos Menem en la década del ’90, según la propia definición del entonces canciller Guido Di Tella, se quedan cortas para graficar el tono del alineamiento del gobierno de Javier Milei con la administración de Donald Trump, que ahora incluye algo de sado y sumisión, con ropas de cuero, látigos y correas caninas.
No hay registro en la historia de un gobierno que haya aceptado tan sumisamente la injerencia de la gran potencia de occidente en sus decisiones. Presiones las hubo por cientos, y retrocesos decenas –basta recordar el proyecto Condor que se tuvo que anular-, pero que tan manifiestamente la administración Trump se inmiscuya en las decisiones económicas, políticas y hasta electorales es algo inédito.
En la conferencia de prensa de este martes en la Casa Blanca, en la que Trump no le dio a Milei ni siquiera simbólicamente un tratamiento de paridad entre presidentes, el estadounidense dijo abiertamene que si en las elecciones del próximo 26 de octubre no gana el gobierno “tendremos que revisar nuestra ayuda”. Por suerte Milei estaba de espaldas a las cámaras y no hubo registros de su sonrisa pétrea.
Y respecto de la relación con China, los “amigos” dieron el visto bueno para que se mantenga el swap vigente, pero nada de bases militares ni acuerdos que tengan que ver con la energía. Para eso quieren que se prioricen a las empresas estadounidenses.
Habría que preguntar en Beijing si están dispuestos a complacer a Trump en sus deseos. Parece difícil.
Las palabras de Trump asustaron a los mercados, el dólar empezó a subir, las acciones a bajar y la endeblez económica del gobierno argentina quedó una vez más expuesta en carne viva.
La supervivencia del plan económico del “mejor ministro de Economía de la historia”, Luis “Toto” Caputo depende de una palabra y hasta de un furcio del mandamás del hemisferio.
Pero la injerencia no termina allí. El secretario del Tesoso, Scott Bessent, reclama más ajuste y un paquete de reformas, entre ellas las jubilatorias y laborales. Es decir, medidas económicas de fuerte impacto social para asegurarse de que el amigo elegido en el sur del continente deje de financiar un dólar barato y acumule de una buena vez las reservas que se necesitan para pagar las deudas contraídas.
En esa lógica, el designado embajador de Estados Unidos en la Argentina, Peter Lamelas, ya había anticipado públicamente que se entrevistaría con algunos gobernadores argentinos para acordar también con ellos la orientación de sus decisiones estratégicas.
Como Lamela aún no está en funciones, el gobierno de Trump envió al asesor presidencial Barry Bennet a monitorear la estrategia parlamentaria del gobierno de Milei, para evitar que las reformas que reclama Washington choquen contra la resistencia del Congreso, que en los últimos meses le propinó duras derrotas al oficialismo.
Los detalles simbólicos tienen peso. Bennet se reunió con tres presidentes de bancadas parlamentarias en un despacho que el asesor presidencial Santiago Caputo le cedió en la Casa Rosada.
¿Será parte de un acuerdo de reciprocidad que permitirá a algún funcionario argentino usar alguna oficina de la Casa Blanca para hacer lobby con los congresistas de ese país? No parece posible ni en una serie de ciencia ficción.
Bennet recibió y les pidió colaboración a Miguel Angel Pichetto, de Encuentro Federal, una bancada que junta varias corrientes provinciales y que en los últimos meses le ha dado más de un dolor de cabeza al Gobierno; al radical con peluca cordobés Rodrigo de Loredo, y al jefe de la bancada del PRO, Cristian Ritondo, un fiel aliado de La Libertad Avanza.
El asesor de Trump podría haberlos recibido en la embajada de EEUU o en un hotel, pero el mensaje que se quiso dar es el que se dio. Washington no confía en las habilidades de Milei y su gente, por eso ahora se lo muestra como un gobierno tutelado.
Mientras tanto, la interna del Gobierno argentino no se sofoca. El jefe de Gabinete, Guillermo Francos, marcó alguna diferencia con la política de relacionamiento con China que se dicta desde la Casa Blanca, que ahora lo considera “prochino” y comenzaron a aparecer los habituales operadores del Gobierno a instalar que el hombre deseado para ocupar ese puesto es Santiago Caputo.
El problema es que complacer esos deseos de Washington sería una dura derrota a la hermana del presidente, Karina Milei, ferozmente enfrentada con el asesor presidencial, y el humor de su hermana es, hasta el momento, uno de los pocos límites que el mandatario no está dispuesto a atravesar.

