Noticiar

Querido adulto, es tu responsabilidad.


28 de abril de 2026

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Soledad Gutiérrez Eguía

autora del libro “Querido adolescente, no es tu culpa”.

Las consecuencias de la sobreexposición a las pantallas están saliendo a luz cada vez más. Es hora de que todos nos involucremos, para poder lograr un cambio real.

Cuando hablo de los peligros de la sobreexposición a las pantallas con los adolescentes, lo primero que hago es pedirles PERDÓN. En nombre de todos los adultos, me disculpo por haberles entregado los dispositivos electrónicos sin ningún tipo de preparación ni control, que si bien tienen muchos usos maravillosos, pueden ser sumamente peligrosos. Les explico también que lo hicimos porque no sabíamos de esos peligros y que nunca nos imaginamos que podían hacerles daño.

Pero ahora sí sabemos. Ahora hay evidencia científica y datos estadísticos que ya no podemos ignorar. Ahora sí es nuestra responsabilidad como adultos, involucrarnos.

Porque está en juego nada más y nada menos que la felicidad de gran parte de una generación.

El primer paso para eso es informarnos realmente de lo que está sucediendo, porque nadie puede protegerse frente a algo que no conoce.

Aunque el tema de las pantallas está cada vez más en agenda, todavía hay mucho desconocimiento por parte de adultos y de chicos respecto de los peligros que hay detrás de ellas. Por ejemplo, no hay mucha conciencia aún de que los riesgos no terminan al apagarlas, sino que continúan, porque su consumo excesivo funciona como una droga: genera adaptaciones en el cerebro que nos afectan la vida entera. Algunas veces, puede incluso hacernos perder las ganas de vivir.

Las cifras son contundentes.

Quisiera compartirles algunos datos estadísticos que revelan la profundidad del problema:

  • Argentina es el 5to país del mundo con más horas frente a pantallas (más de 8hs diarias promedio en adolescentes).
  • 1 de cada 3 hace uso problemático de internet.
  • El 75 % admite que puede volverse adictivo.
  • 93 % admite que debería cambiar sus hábitos tecnológicos.
  • En algunos países (con menos tiempo en pantalla que nosotros) ya hay datos que indican que 9 de cada 10 adolescentes consumen pornografía y que la edad de inicio es a partir de los 8 años. El 90 % de los padres no lo sabe.
  • 1 de cada 4 apostó online.
  • Más del 60 % de los adolescentes consumen periódicamente contenido sobre cómo bajar de peso (en las chicas sube al 77 %). Los trastornos de la alimentación crecieron exponencialmente en los últimos 10 años.
  • En Argentina se suicida un adolescente cada 24 horas. En 2023 el suicidio se convirtió en la principal causa de muerte de chicas entre 10 y 19 años y la segunda en varones. Por cada muerte, se calculan entre 10 y 20 intentos. Distintos estudios indican que el exceso de exposición a las pantallas es una parte relevante del problema.

Los chicos no la tienen nada fácil.

A nuestros chicos les toca vivir en un mundo complicado, en el que están expuestos a muchas más cosas de las que estábamos expuestos nosotros, los adultos, a su edad.

Los dispositivos electrónicos están diseñados para que les sea muy difícil soltarlos y hacen que pierdan la noción del tiempo al estar conectados. Gran parte de sus contenidos son falsos, exagerados, violentos y, además, no adecuados para su edad.

La inmensa mayoría vio escenas de pornografía mucho antes de estar preparada para entenderlo. Más de la mitad de ellos la ven por primera vez de forma accidental (sin siquiera buscarlo) y además, aprenden de sexualidad a través de esas imágenes, afectando no solo su psiquis, sino la naturalización de conductas sexuales violentas o desiguales en donde generalmente no hay respeto, ni responsabilidad, ni reciprocidad.

Todo el tiempo están proponiéndoles ganar mucha plata a través de juegos de apuestas, a los que se accede con un solo click. ¿Cómo no van a darles ganas de probarlo? No tienen idea del daño que puede causarles volverse adictos a eso… puede afectar profundamente sus vínculos, llevarlos a robar dinero, no poder pensar en ninguna otra cosa que no sea jugar e incluso perder las ganas de vivir.

Lo que trato de decirles, para que intentemos comprender y acompañarlos de una forma cercana y empática es:

Que a los chicos les cueste soltar el celular o los juegos electrónicos, no es su culpa.

Que a veces sientan una profunda soledad o tristeza al dejarlos, no es su culpa.

Que les cueste esperar, que no puedan tolerar el malestar, que se aburran sin tener una pantalla a mano, no es su culpa.

Que se les haga difícil concentrarse, no es su culpa.

Que crean que todo lo que ven es verdad, no es su culpa.

Que hayan visto contenido sexual o violento no adecuado para su edad, no es su culpa.

Que se vean tentados a hacer apuestas online, no es su culpa.

Si bien todo esto no es su culpa, estando informados ellos pueden entender porqué pasa todo esto y ELEGIR qué hábitos quieren adoptar para tener una vida más real, más plena, más feliz.

Por eso, tanto ellos como los adultos, debemos entender cómo funciona el cerebro ante tanta exposición, por qué a las pantallas se las llama “las nuevas drogas”, cómo se genera la adicción a ellas y cómo pueden afectar su libertad.

Los adolescentes están pidiendo ayuda a gritos.

Es cierto que los adolescentes nos empujan todo el tiempo a corrernos y alejarnos, pero quiero contarles que están pidiendo ayuda. Nos necesitan más cerca que nunca.

Me gustaría compartirles los primeros resultados de una encuesta anónima que hice con más de 150 chicos que leyeron el libro. Una de las preguntas hacía referencia a si el libro les había servido o no para aprender y para lograr mejoras en su manejo de los dispositivos electrónicos.

El 97 % de los encuestados respondió que sí les sirvió. De ellos, el 57 % dijo que efectivamente pudo implementar cambios positivos en el uso de las pantallas (40 % de forma autónoma y 17 % con la ayuda de un adulto). El otro 40 % dijo que el libro le resultó útil y que tiene la intención concreta de mejorar sus hábitos tecnológicos, pero que le estaba costando mucho. Manifestaron necesitar ayuda para lograrlo, pero no animarse a pedirla.

Esto da cuenta de un primer efecto positivo que les genera a los adolescentes el estar informados, pero también revela que muchas veces los chicos no pueden generar cambios solos. Los adultos debemos acompañar muy de cerca y estar atentos para poder intervenir. Aunque nos empujen y nos alejen, lo cierto es que nos necesitan.

Muchos de ellos ya están pidiendo ayuda de forma explícita (lo veo constantemente en los talleres que estoy dando a adolescentes). Les cuento un ejemplo: hace unos días me escribió por Instagram un chico de 16 años y me pidió que por favor hiciera llegar el libro a todos los alumnos de 4to año de su escuela y que les dijera que era de lectura “obligatoria” porque él quería bajar la exposición a las pantallas, pero se daba cuenta de que solo no iba a poder. Me dio ternura y un poco de gracia el pedido, pero es un claro ejemplo de que los chicos necesitan REDES y de que algunas veces, no pueden solos.

Las nuevas drogas entran por los ojos.

¿Por qué son tan adictivas las pantallas? Me parece importante que todos entendamos que suceden cambios en el cerebro a partir de la adicción a las pantallas que hacen que se vuelva muy difícil disfrutar de lo verdadero. Esto genera angustia, tristeza y en casos más serios incluso depresión. Esto no es una opinión mía, es ciencia y les voy a contar porqué sucede.

Los algoritmos de las redes están diseñados para captar nuestra atención y no perderla. Saben lo que nos gusta y lo que no y nos lo mandan para que no dejemos de mirar. Cada vez que uno recibe un like, un nuevo seguidor, cada vez que ganamos un juego, nuestro cerebro libera “dopamina” (el neurotransmisor del placer).

La dopamina no es algo malo en sí mismo; el problema es el exceso de esta. Porque las personas no estamos creadas para sentir placer todo el tiempo, sino para buscarlo, generarlo, perseguirlo. Entonces, cuando el cerebro detecta excesos de dopamina, para protegernos, se adapta: primero esconde la neurona receptora (tarda más en lograrse el mismo efecto) y después empieza a liberar menos dopamina (se necesita cada vez más cantidad para lograr el mismo efecto). Así se genera la adicción. Cada vez se va perdiendo más el efecto del placer y cuando dejo la pantalla no tengo capacidad de sentir. Así, el vacío y la angustia empiezan a tironear: todo duele, todo angustia, nada tiene sentido, no me puedo concentrar, e incluso puedo perder las ganas de vivir. Llega un momento en que ya no se consumen pantallas por placer sino para evitar ese vació que se siente cuando no hay una pantalla adelante. Entonces ya no volvemos a una pantalla por elección, sino por necesidad. En el fondo se pierde la LIBERTAD.

Entonces, el problema no es solamente la cantidad enorme de tiempo que pasamos frente a las pantallas sino que cuando las dejamos, no podemos disfrutar de lo verdadero.

Una vez que entendemos esto, tenemos que saber que no a todos nos genera dopamina lo mismo. Algunos se enganchan más con los juegos electrónicos, otros con las redes sociales, otros con la pornografía, o con la ludopatía…. Cada uno de ellos trae consigo otros peligros además de la adicción. Y por supuesto, también se suman a los riesgos el cyberacoso y el grooming.

¿Qué podemos hacer frente a todo esto?

El primer paso importante y el primer compromiso que debemos tener como generación es (como ya dije) informarnos: para poder enfrentar al enemigo, hay que conocerlo. Luego, tenemos que asegurarnos de que nuestros chicos conozcan también esos peligros (acercándonos desde la empatía y el cuidado). Una buena noticia: hay estudios que indican que los chicos que hablan de los riesgos detrás de las pantallas con sus padres, tienen más posibilidades de autorregularse que los que no lo hacen!

Además, tenemos que ser ejemplo. No podemos pedirles a los chicos que hagan algo que nosotros no hacemos. Es recomendable intentar generar acuerdos con otros adultos de la comunidad (e idealmente, establecer las pautas de uso de la tecnología en familia: que puedan participar los chicos para que luego les sea más fácil cumplirlo).

Y estar atentos a señales de alerta que puedan significar la necesidad de una intervención como: cambios de conducta repentinos; cambios en el estado de ánimo; una baja repentina en rendimiento escolar; apatía o angustia sostenidas, pérdida o aumento de peso repentinos, etc.

Hay técnicas concretas para detectar si hay un uso problemático de pantallas y también para bajar el tiempo de exposición que pueden ayudar (en el libro comparto algunas).

No quiero asustarlos con toda esta información, todo lo contrario. Me gustaría motivarlos a involucrarse con el tema para poder entre todos hacerle frente. Es cierto que esto tampoco es CULPA nuestra… no sabíamos de todos estos riesgos. Pero ahora que empezamos a conocerlos, sí es nuestra responsabilidad hacer algo al respecto. Estoy convencida de que entre todos, podemos lograr un cambio significativo.

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